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  • Gabriela Esplá

Isla al revés

Del limbo, brotó en el mar, una isla al revés, un lugar de paso. Ésta condición le otorgaba, a quienes la visitaban, ese encanto de los lugares donde no quedan huellas. La isla está sometida a nueve meses de invierno duro y caliente. Cuando escampa, tras las fuertes tormentas, emergen del suelo vapores densos de humedad y calor. Esta larga estación es contrarrestada por tres meses de verano paradisíaco, de brisa salada y atardecer de colores.


Sus playas no son un atractivo turístico. A esta porción de tierra la rodea, la mayoría del año, un mar verde, picado, la arena circundante, lejos de ser nacarada, está teñida de negro ónix que puede convertirse luego en un gris sucio, según lo revuelto de la marea. Enseguida de la arena moteada oscura, comienza el manglar: una enredadera que va creciendo casi de repente sobre el agua salada que crea una especie de pared natural entre la playa y la selva. El palo de mangle va enganchando se a los troncos y sube hacia el interior del territorio.


La selva fue quemada y talada. Otro paraíso perdido. Pero a pesar del hombre y el cemento, sigue creciendo. No solo crece, se enreda, trepa, rompe. Parece que no reprocha la derrota que le dá el machete porque, sigue estirándose sobre la tierra. Esta fuerza tropical crece constantemente. Es brava y va tomándose-lo todo. Es la resistencia de la naturaleza frente al cemento de la ciudad. Salen matas entre los carros estacionados, por las ventanas de entre los vidrios y sobre los techos de zinc. La jungla invade la invasión.


2015

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